Una pregunta fácil: ¿quién quiere beber agua sucia en pleno siglo XXI? la respuesta parece, a primera vista, simple. La violencia estructural que las potencias económicas mundiales ejercen sobre terceros que nada tienen que ver con el tema, obliga a la sexta parte de la población mundial a ingerir agua contaminada. Si bien es cierto que no podemos señalar con el dedo ni encarcelar a nadie por ello, todos deberíamos hacer uso de la conciencia, comprender que todos somos cómplices de este arraigado juego (nutrirnos de las miserias de otros); y poner entonces sobre la balanza si, de veras, somos capaces o no de renunciar a una pequeña parte de nuestro bienestar, y devolverlo a sus dueños naturales.
La paradoja está en que a todos se nos llena la boca diciendo que luchamos contra la desigualdad, pero auguro (sin conocimiento estadístico alguno), que "más de uno" (no miro a nadie) acogería ese reequilibrio con recelo por haber visto reducido su pequeño imperio. Parece que esta es una conclusión a la que han llegado los agentes de comunicación de Unicef que, conscientes de la monotonía, han roto los esquemas de los newyorquinos con una extraordinaria campaña de concienciación, veamos...
Un extraordinaria estrategia para llegar no sólo a las mentes, sino también a los bolsillos. Creo que Unicef ha acertado en pensar que nadie quiere convivir con dicha realidad y opta, en consecuencia, por implantarlo en lugares públicos, con reacciones observadas por el resto de transeúntes se comportan de un modo políticamente correcto. Hay ocasiones, sin embargo, en que la concienciación es imposible, aunque cuentes con la mitad de la industria creativa mundial, aunque ellas crean que actúan correctamente (hablo de la apología de la bulimia por parte de pareja de impresentables).

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